VISIÓN DE CONJUNTO

 

En la primera serie de «Maestro, ¡que vea!» hemos procurado responder a las preguntas elementales sobre el discernimiento espiritual: «¿Para qué y cómo iniciarse en ese discernimiento»; «¿Qué pretendemos con el mismo?»; «¿Cuáles son los resultados del discernimiento espiritual?»; «¿Qué pasos dar?». Para entender esto hemos procurado revisar tres momentos básicos para el discernimiento:

lo Sentir: ¿Qué te pasa adentro?, percibir lo que se experimenta. «Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo» (Ap 3, 20). Oír que te llaman.

2o Reconocer: Debes conocer quien es el que llama. Puede ser, según San Ignacio, con la terminología propia de su época:* el buen espíritu, o * el mal espíritu, dos realidades que te describo un poco más adelante.

Actuar en consecuencia: Cada moción es tiempo de decisión. Si la moción es del buen espíritu debes recibirla, incorporarla, hacerla parte de tu propio proceso espiritual; si es del mal espíritu, hay que rechazarla y lo antes posible.

Con la segunda serie de «Maestro, ¡que vea!», que hemos llamado Botiquín de primeros auxilios para el discernimiento espiritual y que concluiremos en el próximo número de «Avanzar» hemos procurado agudizar el advertir  los síntomas (sentir), para hacer el diagnóstico (reconocer) y poder medicar, poner el remedio (actuar ), logrando así adherir con más lucidez y pasión al querer de Dios, que no siempre es fácil descu­brir.

Nos quedará todavía una tercera serie que llamaremos «Afinando la puntería» que, probablemente, sigamos publicando en estas páginas.

Las reglas contenidas en el botiquín de primeros auxilios en el discerni­miento espiritual, como hemos visto,  llevan a superar la primera dificultad en la vida espiritual: tirar la toalla frente a la tentación manifiesta y a la vez ayuda a crecer al cristiano maduro en la mirada y vivencia de la fe [320, 324, 2] llena de esperanza [315, 3], confiado de que Dios consolará de nuevo [321, 2], abriéndose a la caridad y expresándose en ella [316, 319], o sea, a acrecentar las virtudes teologales con estas cualidades:

ñ humilde [324, 1] paciente [321, 1], perseverante, no cambiando el pro­pósito y resolución [318], aún más, sincera, porque pide consejo con la conciencia abierta [326];

ñ  valiente, resuelta, con coraje, sin cambiar las resoluciones pero sí cam­biándose a sí mismo, disponiéndose a la consolación con la lucha de la oración perseverante, la penitencia [319];

ñ  vigilante con el examen de conciencia [319], para escrutar los puntos débiles y reforzándolos para el futuro [327];

ñ  no instalándose en lo gozado [323].

El discernimiento espiritual nos pone, entonces, en una apertura a Dios cada vez mayor, a Dios que siempre va abriendo nuevos horizontes, nuevos caminos,

El resultado, el objetivo primario y absoluto del discernimiento espiritual es buscar la voluntad de Dios desde el amor, con sinceridad; es ser personas que buscan a Jesús y su querer para uno. Este amor, que invade la afectividad del cristiano, hace brotar en el mismo una sensibilidad y un conocimiento penetrante (Flp 1, 9-10).

Dice un autor: «Sólo soy un hombre que busca tu voluntad, y desde que la veo me parece que camino mejor. Creo, por lo tanto, que debo partir. Este partir es bueno para mí, pues no me lleva lejos de ti; sino que lleva junto a ti, cumpliendo un plan que en este momento todavía no conozco plenamente. En cualquier caso tú estarás conmigo y yo contigo. Este es el bien supremo» (G. Moioli, Discernimento spirituale e direzione spirituale, en L.Serenthá-G. Moioli-R.Corti, La direzionespirituale oggi, Müano, 1982, 70)

El resultado secundario y relativo es acertar en la decisión. Sin embargo, esto último no está en nuestras manos. Para el que discierne con buena voluntad, Dios no permite un error total, pero pueden darse errores parciales, porque no tenemos una visión completa del futuro, porque no tuvimos en cuenta algunos elementos en el proceso de discernimiento, porque no lo hicimos con un corazón suficiente­mente purificado, todo lo contrario, con apasionamientos, obsesiones y cargas afectivas en pro o en contra, etc.

Claramente nos exhorta San Juan a no dejarnos fascinar por motivaciones que pueden movernos falsamente: «No améis al mundo ni las cosas mundanas. Si alguien ama al mundo, el amor del Padre no está en él, porque todo lo que hay en el mundo es concupiscencia de la carne, codicia de los ojos y ostentación de riqueza. Todo esto no viene del Padre, sino del mundo; pero el mundo pasa, y con él, su concupiscencia. En cambio, el que cumple la voluntad de Dios permanece eternamente» (1 Jn 2, 15-17).

Atentos entonces a la:

*  Concupiscencia de la carne: orientación perversa de los deseos contrarios al amor.

*  Codicia de los ojos; la seducción de las apariencias, los ojos que sólo ven lo que les interesa.

*  Ostentación de riqueza; orgullo por la posesión de bienes que cierran el cora­zón a los demás.

Nos puede, de esta manera, faltar el subsuelo adecuado para encontrar la voluntad del Señor, el clima interior adecuado para el discernimiento. Por eso po­demos tener errores parciales, que se han dado de hecho en personas santas e iluminadas, en fundadores y fundadoras de Institutos de vida religiosa, y que qui­zás se dieron en tu propia experiencia. Dicho más claramente, no contamos con una clarividencia absoluta. Hay márgenes de error. Y tener conciencia de que po­demos equivocarnos está muy bien, ya que las personas que se creen infaliblemente poseedoras de la voluntad de Dios pueden ser peligrosas, arrasan con todo; toman decisiones pero no con la conciencia de que pueden equivocarse. La superiora general de una congregación decía muy segura de sí: «La voluntad de Dios la tengo entre mis manos», subrayando las palabras con el gesto de las manos, indi­cando de que la poseía muy bien. ¡Cuidado! No podemos encerrar al Omnipotente y su voluntad entre nuestras manos. Por eso, no nos extrañemos de descubrir en algunos discernimientos errores parciales posteriores.

P. Hugo, cpcr